SIRAT O EL ESPÍRITU DE NUESTRO TIEMPO
“Que todo esté perdido parecería una pésima forma de empezar una conversación sobre lo que se podría hacer para cambiar el mundo. Pero solo en apariencia. Quizá sea la única manera de contar algo sin caer en idioteces."
Sirat, la reciente película de Oliver Laxe, inventa un relato para contarnos. Eso es arte. No he escuchado ninguna entrevista previa, ninguna crítica. Fui a verla porque me insistieron, lo agradezco, y salí con la sensación de haber transitado durante dos horas el retrato del tiempo actual, de lo que nos pasa. Como quien percibe un diagnóstico preciso. Hay mucha gente explicando los síntomas, pero pocos dan el resultado. Ese lugar donde medicina y paciente se encuentran. En este caso, la visión del mundo de la película y mi percepción vital de espectador. No sabía lo que me iba a encontrar, y allí al final, y desde el principio (aunque lo tuve que admitir después), estaba lo que sabía pero no pensaba, o no quería pensar: que está todo perdido.
Los primeros planos del montaje de los altavoces invitan a descubrir el armazón: no hay más, es simple; por ahí escucharás, por ahí sentirás. El corazón va a vibrar en esos bajos resonantes y quebrados, también el estómago -prepáralo-. El telón de fondo, una muralla rocosa, parduzca y rojiza. Ya percibes que esta película tendrá dos paisajes de fondo: la música trance y el desierto. Aunque la cinta remita a todos los espacios pensables. Es tan difícil; lograr que dos elementos simplificados nos hagan un retrato a la vez de lo global y lo múltiple que habitamos en cada espacio.
El argumento inicial: una rave, una fiesta clandestina de liberación del cuerpo y las normas. Fuera del tiempo, donde nadie te encuentre. Un lugar donde la gente va a perderse, a volar, a irse. Un cuerpo nuevo dentro del viejo, a dejarse ir en un baile alucinante.
Hay otro argumento: un padre, su hijo y su perra, que buscan a su hija y hermana, desaparecida. La película es honesta desde el principio sobre lo que se quiere. No hay futuro, aunque se busque; lo aprenderemos en el camino. Es más, todo posible futuro está muriendo. Esta parte la callo porque duele.
Quizá los chicos y las chicas de la rave, que marcan la fuga en el desierto, sean nuestra brújula, una ilusoria esperanza. Van hacia la gran rave más allá de las montañas. Un horizonte utópico, donde quizá podamos encontrar a la hija desparecida (quién no lo espera). Viajan con camiones que parecen sacados de las primeras versiones de Mad Max, sus imágenes son presencias son una arqueología de la sobrevivencia y el resto: son como los cuerpos de personas tullidas (¿quién no lo es?), huérfanas de la consanguinidad obligada. Pero ahora, una familia. Familia verdadera, comunidad nómada que se cuida y se ama, sin frontera ni lengua privilegiada. Llama la atención que aunque en la película se mezclen los idiomas, al final lo inteligible son siempre dos o tres formas de expresión comunes que poco tienen que ver con la voz: la de los cuerpos bailando, la de los cuerpos cuidándose. El físico de los personajes sudando juntos, fumando juntos, comiendo juntos, jugando juntos, riendo juntos. Y llorando. La película hiede a vida compartida.
Luego late un ruido de fondo no menos importante. El de una guerra global. Una guerra que genera movimientos en las gentes, que involucra a los participantes. Que los persigue aunque no quieran. No hay disputa que no acabe tocando a tu puerta. Una “tercera guerra mundial”, dice uno de los protagonistas. El mundo fragmentado es una mentira ilustrada aprendida en los mapas de nuestra infancia. Y, cómo no, la violencia que siempre llega controlando, vigilando y amenazando. Y huir, fugarse, parece que de momento es la opción. Aún así, ¿tendrá el mundo líneas de fuga? No digo más. Porque quizá no haya más que decir. Quizá esté todo por hacer, porque delante en escena, las vías no dicen dónde vamos.
Vayan a verla. Sin duda, nos hace mejores.
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